“Escribiendo me confieso, comparto, me enriquezco de cultura y sabiduría, siento, amo y disfruto desnudando mi alma, mostrando quien he decidido ser”.

Puede parecer que todos los días parecen iguales unos a otros pero no es verdad. Nunca un día es igual otro día en nuestra vida.

Cada día me levanto sin saber muy bien que puede llegar a pasar durante su recorrido. De esta manera, para poder entender mi hoy, observo como últimamente existen personas que se empeñan en hacer que mi vida se convierta en auténticas historias dignas de aparecer en ese tipo de novelas donde solo, un pensamiento, puede ser el ganador.

Me estoy refiriendo a tener que decidir ser el bien o el mal de algo, con alguien o incluso conmigo mismo.

He tenido la necesidad de dejar pasar unos días para lograr sentarme y compartir una de esas experiencias que hacen ver cómo existen personas, las cuales, desde unas emociones mal gestionadas, corazones con tintes maquiavélicos, cerebros donde solo existen el uno más uno igual a un dos matemático y grandes dosis de incoherencias personales hacen posible artículos como este que estás a punto de leer.

Antes de continuar, dame la oportunidad de agradecer a estas personas que hayan decidido compartir su manera de ser conmigo,  sin ellos, sin su existencia, posiblemente, este artículo nunca hubiera existido. Y a veces, es necesario que esta clase de personas existan, para que otros como yo, puedan poner  su creatividad en funcionamiento.

¿Quién piensas tú que eres?

¿Cómo has llegado a pensar que tienes el derecho de decirme a mí que tú Dios es mejor que el mío?

No puedo permitir que ese Dios al que respeto se vea menospreciado por personas que, al igual que ocurrió en tiempos de Moisés, adoran a un Dios que representa el ego, la vanidad, los celos, la soberbia, la arrogancia, el miedo y la venganza.

Es cierto, ese Dios tuyo, como lo entiendes y compartes con las personas cercanas a ti, no es el mío.

Mi Dios, la energía que mueve mi corazón y que me sirve como fuente de vida para mí día a día habla de amor, comprensión, sabiduría, empatía, respeto; todo esto junto, para alcanzar ese objetivo de poder compartir lo poco o mucho que poseo en este momento. Un Dios donde la amistad, la confianza y el compromiso por un bien común, prevalece sobre otros muchos valores.

Mi Dios se sustenta en abrazos, en miradas llenas de complicidad, las cuales hacen que la vida sea, al menos, un poco más cómoda para quien la comparte con él. Una de sus virtudes más hermosas es que no solicita nada a cambio, sin embargo, siempre está dispuesto a ofrecer lo mejor de sí mismo.

Es cierto, mi Dios no se parece al tuyo, es posible que no sea mucho  mejor que el tuyo, pero al menos, cuando lo miro a los ojos puedo sentir como su amor habita en mí, y en este momento, es todo lo que necesito de él.

Para finalizar tan solo me resta decir ¡Amen!

No necesito tilde para reafirmarme en lo que creo, en mis sentimientos por un Dios alejado de eso que otros usan como escudos religiosos para enmascarar  sus propios miedos, ese saco de limitaciones que no los dejan entender que existen diferentes puntos de vista y ese ego que los ciega y les bloquea cualquier sentimiento positivo que pueda surgir de sus corazones.

Hoy necesito gritar…

Gracias Dios mio por facilitarme este don, desde el uso de la palabra, para compartir lo que veo y siento.

Aleluya.

Adolfo López García

Escritor&Coach

#SoyloqueAmo

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