Está comprobado que cuanto más estresada te encuentras, menos paciente y solidaria te muestras con tus hijos. Eres menos comprensiva y disminuye tu capacidad de escucha, principalmente porque no te paras a observarte a ti misma y por tanto lo único que transmites es la impulsividad con la que a veces reaccionas.

La misma con la que tu hijo estará empezando a escribir su hoja de ruta personal, porque como ya sabes, tiene la mala costumbre de “aprender por lo que ve, por lo que haces” y no por lo que le dices.

¿Y por qué actuamos así?

Lo primero que quiero transmitirte es que perder los nervios es algo humano y completamente natural, así que no te preocupes. Verás, a grandes rasgos, esto lo origina nuestro cerebro más primitivo, el llamado reptiliano, que es quien en ése momento de caos y tensión ha tomado el mando de operaciones, ya que está acostumbrado a tomar decisiones vitales para ti: atacar o huir.

No entiende de lenguaje reflexivo, de sentimientos o de intentar razonar una conducta. El se encarga de  optimizar tus recursos para poder defenderte mejor, de lo que en ese momento considera un ataque del enemigo.

Sí, de tu hijo.

Porque cuando lo llamas treinta veces y no contesta, cuando no para de gritar tu nombre en tus 5 minutos de relax o utiliza el jarrón de porcelana de la abuela como portería, sabes perfectamente que deja de ser tu hijo para convertirse en tu enemigo. Y es entonces cuando se activa tu modo de defensa primitivo que genéticamente llevas incorporado y pierdes la paciencia, ya no escuchas y lógicamente te transformas en un ser impulsivo…¡porque tienes que defenderte!.

Y comienza la batalla.

Por lo general, hay que esperar hasta el final de la misma para que nombres Director de Operaciones a tu parte más reflexiva. Entonces te das cuenta de lo que realmente ha pasado, has dicho o hecho y comienza un acercamiento con las líneas enemigas hasta firmar un armisticio.

Como quieres lo mejor para tu hijo, te propongo hoy que intentes una cosa para evitar que se apoderen de ti las emociones más intensas y menos deseadas. Por lo general, intentamos corregir a nuestros hijos cuando estamos enfadados y acercarnos a ellos cuando nos calmamos.

A mí no me funciona demasiado bien a largo plazo, por eso te propongo otra cosa: Que conectes primero con él y con su parte más reflexiva y luego le corrijas lo que haya hecho.

Para eso tú tienes también que estar tranquila. Por eso lo mejor que puedes hacer es retirarte del escenario que te provoque esa tensión y calmarte de la forma que mejor se te ocurra: contando hasta diez o cien según el caso, escuchando música, haciendo una llamada de teléfono a una amiga divertida, o cualquier otra cosa que a ti te haga sentir mejor.

En definitiva se trata de aprender poco a poco a enfrentarte a esa situación de aparente estrés en las mejores condiciones posibles, de manera que tu intención sea razonar, escuchar, dialogar, calmar emociones y llegado el caso hacer respetar las normas de la casa. Quiero que compruebes como poco a poco la parte más guerrera de tu cerebro va despidiéndose de ti y la reflexiva es la que se va a enfrentar a tu hijo. De esta forma conseguirás dos cosas:

  1. Evitar el sentimiento de culpabilidad que te llega después de un ataque de ira irreflexivo, por lo que pierdes autoridad frente a tus hijos.
  2. Que tus hijos comiencen a actuar igual que haces tú en las mismas situaciones y por tanto aprendan solos a calmar sus emociones más intensas.

Me gustaría además hacer hincapié en algunos de los muchos aspectos que pueden influirte en que sientes cierto estrés a la hora de enfrentarte a tus retos familiares. Lo importante es que comprendas que no son realidades inamovibles sino simples realidades que has aceptado como verdaderas. De ahí que si piensas por ejemplo que no tienes tiempo para nada, ya has asumido que no vas a hacer eso que te gustaría.

Por eso te propongo que te centres en el que, yo al menos, considero el más importante: recuperar tu propio protagonismo, no olvidarte de ti. Un campo palanca que seguramente cuando lo mejores hará que de forma mágica comiencen a resolverse los demás factores.

Te animo a que pienses en una cosa que te gustaría hacer y que no estás haciendo: tomar un café con las amigas, tener media hora libre para mí al día, ir al gimnasio, ver esa película en el cine… lo que sea que hará que te sientas mejor.

HAZLO hoy, no lo dejes para mañana. Te aseguro que comenzarás a notar los cambios.

Mucha suerte y ante todo enhorabuena por todo lo que haces a diario.

Alex Calvache

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