Hace unos días asistía, como cada nuevo curso escolar, a la primera reunión de madres y padres en el colegio de mis hijos.

 

Entre los diferentes temas que nos expusieron, a las pocos padres presentes, y bajo las directrices que marca la Delegación de Educación para estos casos, nos hablaron de las diferentes modalidades y lineas de trabajo con los niños para este curso, haciendo hincapié desde el departamento de Orientación del Colegio del trato a seguir con los niños afectados por el famoso déficit de atención o TDAH, ya que lo consideran como una necesidad especial.

Resulta llamativo, al menos para mí, como por el hecho de repetir que algo es una enfermedad, los padres y demás personas relacionadas con el ámbito de la educación terminan por creerlo y actúan desde la perspectiva de trabajar para cuidar a un “enfermo”.
Entiendo que la actual situación social nos hace a todos los adultos ir a demasiada velocidad por nuestra vida, pero ello, no puede servirnos como excusa para dejarnos influenciar por lo que los demás digan que padecen o no nuestros hijos.

Cada vez son más los psicólogos que hablan de cómo ciertos problemas de la vida los han convertido en diagnósticos médicos con el propósito de comercializar un medicamento. No se están definiendo entidades clínicas y si problemas cotidianos, y en el caso que nos importa en este post, el TDAH, el nerviosismo en los niños, sus cambios de humor, su no poder o no saber adaptarse a un ritmo de aprendizaje preventivo, está llevando a ver y por ello a tratar a estos niños de manera diferente y con medicamentos poco o nada recomendables para su edad.

Todos tenemos claro que el nerviosismo actual de los niños, sus cambios de humor, su agresividad, su falta de respeto en algunas situaciones y su nula formación en valores fundamentales como la confianza, la colaboración, etc, es culpa única y exclusivamente de ellos.

¿Verdad?

Ellos son los culpables de lo que les pasa, nada tiene que ver que los padres tienen menos tiempo y espacio físico de esparcimiento al aire libre para que puedan jugar. Como están pocas horas en los colegios, en las academias de idiomas, de informática, de manualidades o en los propios hogares con sus videoconsolas, tablet y teléfonos móviles, cuando llega esos momentos de esparcimiento y desahogo los llevan a esos llamados “parques de bolas” o parques infantiles, para que, como me comentaban algunos padres, “desfoguen” lo que llevan dentro.

Es curioso, los sacan de unos espacios cerrados, muchos de ellos con luz artificial, para ubicarlos en otro espacio cerrado…

Vivimos en una sociedad donde se nos estimula desde pequeños a tener que estar entretenidos y a que nuestros actos tengan que venir acompañados de resultados inmediatos. No puede existir tiempo para dejar de hacer cosas, siempre hay que estar al máximo de rendimiento, sin dejar tiempo para que los niños actuales piensen que quieren hacer y como quieren hacerlo.

Entonces, cuando ya tenemos ese grado de “nerviosismo” instalado en los niños y adolescentes, la sociedad percibe que existen hábitos sociales que propician una serie de problemas que, la propia sociedad que los ha creado, no tolera. Es cuando ciertos sectores interesados de la misma inventan nuevas enfermedades, las cuales rápidamente se asocian con una serie de medicamentos que las propias Empresas Farmaceuticas se encargan de su promoción y marketing emocional necesario para hacerte entender que en esa caja de pastillas está la solución a todos los “trastornos” que te han dicho padece nuestro hijos.

Los “especialistas” te dicen que para remediar esa hiperactividad o falta de interés que tus hijos demuestran en el colegio, tienen que recibir un seguimiento especial a través del cual algunos niños comienzan a ser medicados con anfetaminas…

¿No resulta paradójico que un fármaco que es un estimulante se utilice para apaciguar a un niño hiperactivo?

Resulta cuanto menos sorprendente que la mayoría de estos medicamentos estén basados efectivamente en anfetaminas.

¿Conocías esta realidad?

Continuando con la realidad, sería interesante que tú como madre y/o padre, fueras consciente de que esa tranquilidad que los padres celebran, lo que realmente está haciendo es provocar el desinterés del niño por otras cosas, restando curiosidad. Hay quienes hablan de que sus hijos, desde esta medicación, se les ve más concentrados en sus estudios, cuando en realidad sólo están viviendo y sufriendo un dopaje en toda regla.

Y todo ello, porque estos medicamentos están fabricados no para corregir un posible desequilibrio químico en base a unos síntomas, sino que a través de este dopaje y con sustancias estimulantes, le están incrementando el rendimiento de manera artificial, para que logren hacer las tareas escolares como quieren que las realicen. Estos tratamientos no corrigen esa supuesta hiperactividad pero si abre nuevas y reales posibilidades de enfermedades futuras.

Tras veinte años diagnosticando TDAH en los niños, la versión oficial es que es una enfermedad crónica, lo que te indica que esa niña o niño cuando se convierta en adulto seguirá necesitando medicación para evitar problemas laborales, de relación en pareja o de conductas sociales.

En estos momentos ya se está implantando la “moda” del TDAH en adultos.

Llamativo cómo, dentro de los pocos estudios a los que he podido acceder, los datos hablan de cómo los niños detectados con TDAH con tratamiento posterior obtienen peores resultados escolares que los detectados con TDAH y que no han seguido ninguna medicación. De igual manera, estos datos hablan de un incremento de problemas cardiovasculares, lo cual no puede resultarnos extraño hablando de anfetaminas.

Conociendo esto, me resulta triste observa como existen padres que piden de manera expresa que a sus hijos les diagnostiquen esta “enfermedad” con el fin de obtener una serie de beneficios. Y sorprenden también, como en función del pediatra o del orientador de cada escuela, el mismo niño que ha sido diagnosticado en un colegio en otro centro no lo estaría, en función de la campaña de sensibilización que cada escuela esté realizando en uno u otro sentido.

En la actual generación, parece que los padres tienen que acudir a expertos, psiquiatras, neurólogos, educadores especiales y terapeutas para educar a sus hijos. Todo esto viene provocado porque los actuales adultos han perdido, con tantas carreras y prisas, algo que es fundamental para la educación de sus hijos, el sentido común.

Resulta llamativo comprobar como, cuando mejor formación, información y preparación tienen los actuales adultos (madres y padres), más desbordados se siente a la hora de educar y relacionarse con sus hijos.

En mi libro 1+1+1 La Mutación del Sistema Educativo, http://bit.ly/mutación, comparto con los padres cómo los niños actúan como un reflejo de lo que ven en sus progenitores día a día. Nuestros peques actúan como un simple reflejo nuestro, el mismo efecto que provoca colocarnos delante de un espejo y verse reflejados en nosotros.

 

 

 

Si esos padres hacen que “las cosas cambien” medicándose con “pastillas de felicidad”, como no van ha seguir los mismos pasos con sus hijos.

Lo que los padres hacen consigo mismo, lo hacen con sus hijos y, desgraciadamente, la historia continúa para beneficio de unas Empresas Farmaceúticas ilusionadas con esta realidad inventada por ellas y que los Organismos Oficiales han convertido en su mejor modelo de propaganda.

Adolfo López García

Escritor&Coach

#SoyloqueAmo

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